Era una mañana como cualquier otra. El sol se colaba a la habitación a paso lento, pero firme. Los rayos de luz atravesaban los vidrios de la ventana y yo podía ver como llegaban a la altura de tus ojos, quizás molestándote. Los abriste suavemente, ¿y Qué le voy a hacer? No podía evitar mirarlos fijo como buscando alguna excusa, alguna razón que salvara mi vida.
Las sábanas blanquísimas pero nunca inmaculadas estaban hastías del desgaste de esa misma madrugada. Un encuentro casual fue la excusa perfecta para dar comienzo a una noche furtiva, como otras noches, como tantas otras noches de verano y de invierno y de otoño y de primavera que supimos pasar juntos.
Tu cuerpo tendido se veía libre de culpa. Estabas tranquila y me acariciaste al despertar. Éramos dos corazones frágiles y solo por unas horas intentamos rescatar algo de lo que fuimos. Algo de lo que nunca vamos a volver a ser.
Desayunamos sin cruzar mirada alguna, sabiendo que del otro lado no íbamos a encontrar una respuesta cómplice. Apenas dejamos oír alguna palabra de cortesía habitual. Estaba escrito en las estrellas: Esa mañana se cerraría un capítulo de nuestras vidas y jamás nos volveríamos a ver. Ya no habría más excusas perfectas ni noches inolvidables ni rienda suelta a nuestras pequeñas pasiones humanas.
Supe entonces que iba a volver a mentir, la única forma que existe para llevar adelante el amor.
Mentir palabras que en realidad no quiero decirle a otra persona.
Mentir lugares a los que solo quiero ir con vos.
Mentir mentiras que vos crees con esa sana inocencia.
Mentirán por mí también las noches de verano, esas que estuvieron reservadas solamente para vos entre las sábanas blanquísimas, pero nunca inmaculadas.
Publicado originalmente el 4 de Octubre del 2010, en este mismo blog, cuando todavía Sai Baba estaba vivo.
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